Los frutos secos constituyen uno de los grupos de alimentos más versátiles para su uso en la cocina, ya que se utilizan para la preparación de sopas, cremas, ensaladas, platillos fuertes y hasta postres, pero también son perfectos como bocadillos o colaciones.
Los pistaches, las nueces y las almendras, por mencionar algunos ejemplos, forman parte de los frutos secos, los cuales, de acuerdo con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADR), a través del portal del Gobierno de México, se definen de la siguiente manera:
“Son aquellos cuya composición natural (sin manipulación humana), contienen menos de un 50% de agua y por lo general están rodeados por una cáscara dura”.
Sin embargo, no debemos confundirlos con las frutas deshidratadas, como las “pasitas”, la ciruela pasa y los trocitos de manzana secos, las cuales se obtienen mediante un proceso de secado en el cual se elimina el agua que contienen, con el objetivo de preservarlas por largo tiempo.
Así tenemos que la manipulación del producto por el humano es la diferencia entre los frutos secos y las frutas deshidratadas.
Beneficios de los frutos secos
Según la SADR, los frutos secos aportan múltiples beneficios a nuestra salud, debido a su elevado contenido de vitaminas y minerales, tales como:
Estos componentes son excelentes para disminuir el estrés, la fatiga y el síndrome premenstrual, mientras que, por otra parte, gracias a su aporte de antioxidantes, los frutos secos son buenos para el corazón, ya que reducen el colesterol y la presión arterial.
Existe evidencia de que los pistaches eran consumidos desde hace miles de años por los egipcios, griegos y romanos, lo cual no es ninguna sorpresa, dado su delicioso sabor y que al mismo tiempo son alimentos muy nutritivos.
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